jueves, 8 de abril de 2010

Monólogo de Mariana de Pineda. García Lorca. "Palabras acerca de la guerra" de José Ramón Fernández.

Una mujer. Una celda. Un bandera.

Hoy todavía no ha venido. Le estoy esperando.
Abre la puerta, me apunta y dispara.
La pistola no está cargada.
Ese hombre no sabe que se ha convertido en mi calendario.
Él, con su tortura miserable.
Tengo la sensación de que hoy tarda.

Hay alguien detrás de esa pared.
Nunca le he oído hablar; no sé quien puede ser. Creo que también es una mujer. Es una mujer joven, menos joven que yo, morena, con los ojos grandes y el gesto muy duro.
Sé que está ahí porque oigo golpes secos todas las noches.
Son los golpes que puede hacer una mujer morena, joven, no tan joven como yo, con los ojos grandes y el gesto muy duro, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Son los golpes que da en la pared con su nuca.
Puedo contar despacio hasta seis desde que oigo un golpe hasta el siguiente.
Será una idea imbécil, pero el sufrimiento de esa mujer sin hombre me consuela algunas veces.
Yo tengo tu esperanza y ella solo tiene su lucha. O a lo mejor no está aquí por eso.
Otras noches, sus golpes me hacen llorar.

Rescatarme.
Yo sé que es muy peligroso.
Que si podéis me vais a rescatar, lo sé.
Ellos me dicen que has cruzado la frontera. Pero no puede ser.
Sé que tú no puedes consentir que me maten. Los demás podrán pensar en el peligro, en la estrategia, pero tú vendrás aquí, aunque solo sea para que nos maten juntos.

Mienten. Mienten siempre. Ayer vinieron. Me contaron que te habías ahogado, que intentaste huir cruzando el río. Seguramente te olvidaste de que no sabes nadar.

No pueden matarme. No pueden hacerlo legalmente. Tendrán que hacerme desaparecer o decir que me estaba escapando.
No puedo hablar de justicia, no hay justicia. No cabe más que luchar o rendirse.
Ayer estuve a punto de sonreír al hombre de la pistola; hasta esa cantidad de miseria puedo llegar.
Esto es una guerra.
Una guerra. Ser libre o perder la vida. Es lo que decías... es lo que dices siempre. pero no sé donde estás ahora.

Nos han encerrado a las dos en la misma celda, a mí y a la bandera. Me dijeron que no tenían mantas, que me las arreglase con este trapo. Y me la tiraron a la cara. "Ya que vas a mori por ella, que te sirva para algo".
La han arrastrado por el barro, pero sigue siendo suave.
¿No se han dado cuenta de que este trozo de tela me da fuerzas para vivir? ¿por qué me han dado mi bandera?
No sé si voy a resistir. Tengo que apretar los puños hasta hacerme daño para no contestarles. Sé que no debo confesar, que tengo que decir que esa bandera no es mía, que no la conozco, que no la bordé. Cuando no pueda más lo admitiré. Entonces me dejarán en paz unos días, para seguir después, y cuando no resista más tendré que dar los nombres de los que han muerto o están fuera del país y tal vez entonces me dejen en paz, o al menos sientan piedad y por fin me maten.
Intento no recordar nuestras reuniones, intento no repetir ningun nombre. Me da miedo que pase de mi pensamiento al aire y del aire a las paredes y de las paredes al oído de ellos. Me gustaría no saber nada. Me da miedo no resistir.

Oigo los pasos de los demás, oigo la respiración de los demás, oigo el aire.
Sola.
Sola.
Oigo los pasos de los demás, oigo la respiración de los demás, oigo el aire.

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