Sola.
sola.
Sola. No vendrás. Y yo te quiero tanto. Me han hablado de cadáveres en el río. Les atan una piedra al cuello y tardan meses en salir, hasta años. Salen a pedazos. Casi siempre salen descarnados, comidos por los peces y por el agua. Sé que no me vas a abandonar. Tú eras siempre el más valiente; todos te escuchaban. Teníamos que ser libres como el mar. Ser libres. Ser libres. Como el mar. Tú me lo explicaste: soy libre irremediablemente. Soy libre aunque no quiera. Soy libre y estoy sola. Puedo elegir, puedo dejarme matar o puedo decirlo todo. Estoy sola y soy la misma libertad.
Hay veces... en realidad es todas las mañanas, desde hace días, no sé cuantos días. Cuando me despierto tengo una sensación horrorosa. Me viene a la cabeza la idea de que me he quedado sin voz. Me da miedo comenzar a hablar, pronunciar una palabra. A veces paso horas, o me parecen horas, comida por el pánico, sin atreverme a intentarlo, sin dejar de pensar en ello. Sé que el miedo ha dejado a otras sin hablar. El terror las ha bloqueado.
Otras veces, cuando llevo horas hablando en voz alta (como ahora), no me atrevo a callar, porque pienso de repente si no será esa la última vez que pueda sentir las vibraciones en mi garganta, y canto, digo palabras al azar, invento juegos y tonterías.
Pero eso también es peligroso.
Recordar es lo único que se puede hacer para librarse de la locura. Es fácil perder la noción del tiempo aquí dentro. Dentro.
Es fácil dejarse llevar por los pájaros locos de la cabeza y pasar el tiempo diciendo tonterías, hasta llegar a un punto en que se tiene la sensación de que la cabeza se ha quedado vacía. El vacío es la muerte y contra ella solo se puede luchar recordando. Me he sorprendido contándote mis recuerdos en voz alta y de pronto me he dado cuenta de lo que siempre hacía mi abuela. De lo que hacen todas las abuelas. Siempre pensé que estaba perdiendo la cabeza porque no recordaba lo que había desayunado, y, sin embargo, nos podía contar con todos los detalles una anécdota de cuando iba al colegio. Sencillamente estaba recitando sus recuerdos en voz alta para no perderlos, para no dejar de existir.
Por las noches, aquí se pasa muy mal. La oscuridad borra las paredes y tengo la sensación de que lo que veo no existe.
Necesito concentrarme. Convencerme de que detrás de esa pared hay un prado, detrás una colina y detrás una playa donde casi nadie se baña, porque siempre hace mucho aire y porque desde allí se ve esta cárcel.
Cuando intento pensar en mí antes de la lucha, antes de todo esto, solo me recuerdo de niña. Tiene que haber un espacio de mi memoria que ha quemado lo demás. Mi memoria no quiere sobrevivir, o ha decidido abrasarse en el vacío para que yo no pueda delatarte.
Ahora tengo tiempo para todo.
Es decir, ahora tengo tiempo para pensar, para recordar. Tengo tanto tiempo que puedo recordar cada momento con la misma respiración que lo he vivido, con la misma lentitud, como si lo representara en un teatro. Tu voz y la de todos los amigos. No, las caras no, ni los nombres.
Si recuerdo un momento de cuando era niña puedo ocuparme de construir el olor y los colores de las cosas, como si fuera un juguete, y los sonidos, y lo que decía mi madre. Cuando hacía alguna travesura, mi madre me cogía del brazo y me daba azotes en el culo, pero siempre me zarandeaba delante de sus ojos grandes y me preguntaba: "Pero, ¿por qué eres así?"
Ahora soy así porque tú me has hecho, porque tus manos han hecho mi cuerpo, porque tus palabras han hecho mis ideas.
¡Con todo lo que tuvo que pelear mi madre para que cogiera una aguja!
La verdad es que me ha quedado muy bien.
Salió de mí. Tal vez no lo recuerdes, pero salió de mí.
No valía para nada. No me atrevía a pasar a la acción.
Me sentía muy mal. No hacía nada extraordinario; esconderos en mi casa y guardar la propaganda, nada más.
Entonces se me ocurrió lo de la bandera y a ti te brillaron los ojos, porque tú estabas deseando presumir de tenerme en la organización.
jueves, 8 de abril de 2010
Monólogo de Mariana de Pineda. García Lorca. "Palabras acerca de la guerra" de José Ramón Fernández.
Una mujer. Una celda. Un bandera.
Hoy todavía no ha venido. Le estoy esperando.
Abre la puerta, me apunta y dispara.
La pistola no está cargada.
Ese hombre no sabe que se ha convertido en mi calendario.
Él, con su tortura miserable.
Tengo la sensación de que hoy tarda.
Hay alguien detrás de esa pared.
Nunca le he oído hablar; no sé quien puede ser. Creo que también es una mujer. Es una mujer joven, menos joven que yo, morena, con los ojos grandes y el gesto muy duro.
Sé que está ahí porque oigo golpes secos todas las noches.
Son los golpes que puede hacer una mujer morena, joven, no tan joven como yo, con los ojos grandes y el gesto muy duro, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Son los golpes que da en la pared con su nuca.
Puedo contar despacio hasta seis desde que oigo un golpe hasta el siguiente.
Será una idea imbécil, pero el sufrimiento de esa mujer sin hombre me consuela algunas veces.
Yo tengo tu esperanza y ella solo tiene su lucha. O a lo mejor no está aquí por eso.
Otras noches, sus golpes me hacen llorar.
Rescatarme.
Yo sé que es muy peligroso.
Que si podéis me vais a rescatar, lo sé.
Ellos me dicen que has cruzado la frontera. Pero no puede ser.
Sé que tú no puedes consentir que me maten. Los demás podrán pensar en el peligro, en la estrategia, pero tú vendrás aquí, aunque solo sea para que nos maten juntos.
Mienten. Mienten siempre. Ayer vinieron. Me contaron que te habías ahogado, que intentaste huir cruzando el río. Seguramente te olvidaste de que no sabes nadar.
No pueden matarme. No pueden hacerlo legalmente. Tendrán que hacerme desaparecer o decir que me estaba escapando.
No puedo hablar de justicia, no hay justicia. No cabe más que luchar o rendirse.
Ayer estuve a punto de sonreír al hombre de la pistola; hasta esa cantidad de miseria puedo llegar.
Esto es una guerra.
Una guerra. Ser libre o perder la vida. Es lo que decías... es lo que dices siempre. pero no sé donde estás ahora.
Nos han encerrado a las dos en la misma celda, a mí y a la bandera. Me dijeron que no tenían mantas, que me las arreglase con este trapo. Y me la tiraron a la cara. "Ya que vas a mori por ella, que te sirva para algo".
La han arrastrado por el barro, pero sigue siendo suave.
¿No se han dado cuenta de que este trozo de tela me da fuerzas para vivir? ¿por qué me han dado mi bandera?
No sé si voy a resistir. Tengo que apretar los puños hasta hacerme daño para no contestarles. Sé que no debo confesar, que tengo que decir que esa bandera no es mía, que no la conozco, que no la bordé. Cuando no pueda más lo admitiré. Entonces me dejarán en paz unos días, para seguir después, y cuando no resista más tendré que dar los nombres de los que han muerto o están fuera del país y tal vez entonces me dejen en paz, o al menos sientan piedad y por fin me maten.
Intento no recordar nuestras reuniones, intento no repetir ningun nombre. Me da miedo que pase de mi pensamiento al aire y del aire a las paredes y de las paredes al oído de ellos. Me gustaría no saber nada. Me da miedo no resistir.
Oigo los pasos de los demás, oigo la respiración de los demás, oigo el aire.
Sola.
Sola.
Oigo los pasos de los demás, oigo la respiración de los demás, oigo el aire.
Hoy todavía no ha venido. Le estoy esperando.
Abre la puerta, me apunta y dispara.
La pistola no está cargada.
Ese hombre no sabe que se ha convertido en mi calendario.
Él, con su tortura miserable.
Tengo la sensación de que hoy tarda.
Hay alguien detrás de esa pared.
Nunca le he oído hablar; no sé quien puede ser. Creo que también es una mujer. Es una mujer joven, menos joven que yo, morena, con los ojos grandes y el gesto muy duro.
Sé que está ahí porque oigo golpes secos todas las noches.
Son los golpes que puede hacer una mujer morena, joven, no tan joven como yo, con los ojos grandes y el gesto muy duro, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Son los golpes que da en la pared con su nuca.
Puedo contar despacio hasta seis desde que oigo un golpe hasta el siguiente.
Será una idea imbécil, pero el sufrimiento de esa mujer sin hombre me consuela algunas veces.
Yo tengo tu esperanza y ella solo tiene su lucha. O a lo mejor no está aquí por eso.
Otras noches, sus golpes me hacen llorar.
Rescatarme.
Yo sé que es muy peligroso.
Que si podéis me vais a rescatar, lo sé.
Ellos me dicen que has cruzado la frontera. Pero no puede ser.
Sé que tú no puedes consentir que me maten. Los demás podrán pensar en el peligro, en la estrategia, pero tú vendrás aquí, aunque solo sea para que nos maten juntos.
Mienten. Mienten siempre. Ayer vinieron. Me contaron que te habías ahogado, que intentaste huir cruzando el río. Seguramente te olvidaste de que no sabes nadar.
No pueden matarme. No pueden hacerlo legalmente. Tendrán que hacerme desaparecer o decir que me estaba escapando.
No puedo hablar de justicia, no hay justicia. No cabe más que luchar o rendirse.
Ayer estuve a punto de sonreír al hombre de la pistola; hasta esa cantidad de miseria puedo llegar.
Esto es una guerra.
Una guerra. Ser libre o perder la vida. Es lo que decías... es lo que dices siempre. pero no sé donde estás ahora.
Nos han encerrado a las dos en la misma celda, a mí y a la bandera. Me dijeron que no tenían mantas, que me las arreglase con este trapo. Y me la tiraron a la cara. "Ya que vas a mori por ella, que te sirva para algo".
La han arrastrado por el barro, pero sigue siendo suave.
¿No se han dado cuenta de que este trozo de tela me da fuerzas para vivir? ¿por qué me han dado mi bandera?
No sé si voy a resistir. Tengo que apretar los puños hasta hacerme daño para no contestarles. Sé que no debo confesar, que tengo que decir que esa bandera no es mía, que no la conozco, que no la bordé. Cuando no pueda más lo admitiré. Entonces me dejarán en paz unos días, para seguir después, y cuando no resista más tendré que dar los nombres de los que han muerto o están fuera del país y tal vez entonces me dejen en paz, o al menos sientan piedad y por fin me maten.
Intento no recordar nuestras reuniones, intento no repetir ningun nombre. Me da miedo que pase de mi pensamiento al aire y del aire a las paredes y de las paredes al oído de ellos. Me gustaría no saber nada. Me da miedo no resistir.
Oigo los pasos de los demás, oigo la respiración de los demás, oigo el aire.
Sola.
Sola.
Oigo los pasos de los demás, oigo la respiración de los demás, oigo el aire.
martes, 6 de abril de 2010
SUEÑO DE ENGLAND
Bajé del tren, me sentía agotado, el viaje había sido largo y lento, y, aunque había estado observando a través de la ventana unos paisajes preciosos, llenos de vida; vacas que pastaban, granjeros que trabajaban, árboles que pasaban uno trás otro ante mi vista, casas pequeñas como de juguete, con bonitos tejados, aves que cruzaban el cielo, en fin, que tuve entretenimiento visual todo el tiempo. Aún así se me había hecho lento y pesado. Ese señor de enfrente no paraba de mirarme. Todo vestido de blanco, parecía escapado de alguna secta.
Allí estaba, por fin había llegado. Estaba plantado en medio de la estación, de puntillas mirando a un sitio y a otro, hasta que decidí acercarme a un banco, dejé las maletas en el suelo, me subí y oteé todo a mi alrededor durante un rato, nada, ni rastro.. no ha llegado todavía, pues, será cuestión de relajarse hasta que llegue, supongo que no se retrasará demasiado, debe de estar al llegar.
Me tumbé en el banco, coloqué las maletas bajo mis piernas y me quedé mirando al techo, primero inconscientemente, casi sin fijarme, pero a medida que iba pasando el tiempo me iba dando cuenta de que todo a mi alrededor dejó de importarme, ya no oía a nadie, para mí habían cesado las voces, el techo me pareció muy interesante, tenía cantidad de largueros de hierro que sujetaban el tejado de latón que era el techo de la estación. Esas tiras de hierro me recordaban a las estrías de mi tía Angulosa.
Mi tía Angulosa era enorme. De pequeño, me levantaba del suelo y me sentaba en su falda, parecía que me estaba sentando en el sofá más cómodo que hubiera podido imaginar mi cabecita de 7 años, era un gustazo estar allí, me hubiera pasado la vida entre sus carnes. Me sentía seguro, calentito, protegido entre sus enormes ubres. Pero luego le vino la fiebre de las recetas, remedios y dietas para adelgazar y ya dejó de ser esa "cosa" mullidita entre la que me hundía, se quedó en piel y huesos. Era pura estría, toda su piel eran arrugas o estrías. Pobrecita, que triste acabó, yo creo que ni ella ni nadie soportaron verla así y acabó muriendo de pena por no volver a ser la que era.
Uy, que golpe, que susto! ah! ya ha llegado mi amiga, se me había ido el santo al cielo completamente, por un momento no sabía donde estaba ni que hacía allí, ni quien era esa tia que me zarandeaba...
Besos, abrazos, más besos, palabras de bienvenida. Compartimos los bultos y venga, al tren subterráneo. Verás que en metro se llega rapidito a casa. Que bien y que extraño me siento, de nuevo aquí, años más tarde. Yo pensé que jamás volvería a este lugar, y mucho menos a pasar una buena temporada, buscar trabajo etc... en fin, a empezar de nuevo como hace... cuantos años hace? unos 10, 15, sí, por ahí debe de andar. Madre mía, cuanta gente entrando y saliendo, mi amiga me explica que estamos en una hora punta, que no me debe de extrañar, ya me iré habituando, no me quedará otro remedio.
Cuanto tiempo sin coger un metro, ya no me acordaba de lo gracioso que me resultaba ver las caras serias de los habitantes de esta lata de sardinas, van todos en su mundo, como abducidos, me miran de reojo, ellos no quieren que piense que les parezco un individiuo digno de atención. Pues yo les miro sin parar, es divertido observarles, actúan de diferente manera cuando se sienten observados, aquel señor de allí se está poniendo cada vez más nervioso, que curioso, tiene cierto parecido con el que iba en el tren. Mi amiga empieza a hablarme y ya dejo de mirar al señor de blanco para mirar a mi amiga, le cuento lo que estaba haciendo y nos reímos juntos un rato.
Ya hemos llegado.
Esto es increíble, hace un día precioso, soleado, que bonito, que recibimiento, esto no me lo esperaba, cuanta luz, incluso me molesta, tengo que mantener los ojos cerrados. Debo tener una cara de lo más estúpida; los ojos cerrados y una sonrisa enorme, ah, por fin! ya puedo abrirlos, ya se han habituado a la luz. Mi amiga y yo nos hemos dado la mano, estamos casi corriendo, está todo muy lindo, y la calle por donde vamos ahora mismo está llena de florecillas aquí y allá, sí, lo había olvidado, había olvidado lo bonito que era esto, sobre todo con uno de estos días que escasean tanto por aquí. Ojalá dure unos días más o incluso meses, pero ya eso es mucho pedir. De todas formas yo no vine aquí por el clima, yo he venido... bueno, aún no lo sé muy bien, pero definitivamente no ha sido por el clima. Bueno ya está bien, hay que aporvecharlo. Hay que aprovechar este día. No sé si mi amiga habrá planeado algo. Primero veré mi habitación, conoceré al casero, dejaré mis maletas y me iré por ahí, solo, si hace falta, a lo mejor ella tiene cosas que hacer, lo que no quiero es que se esté agobiando por mí, es lo último que desearía, no tiene que hecerse cargo de mí, yo me las sé apañar solo, además viví aquí antes que ella, sé como desenvolverme. Sí, eso es una de las primeras cosas que tengo que hablar con ella, yo le pediré ayuda solo cuando sea estrictamente necesario, el resto de las veces me las arreglaré solo, sí, eso es. Esta tarde mismo, tomándonos un té o un café, no, no debo tomar té ni café, no debo hacerlo... pues tomando... un vaso de agua le diré todo lo que estoy pensando ahora, para restarle obligaciones. Parece ser que ya hemos llegado a mi habitación.
La entrada de la casa me ha gustado mucho, siento que me va a gustar mucho vivir en este lugar. Se nota un ambiente fresco y cálido a la vez nada mas entrar, no sé como explicarlo, pero me siento cómodo, casi como en casa. Bien.
Dice Chavela, mi amiga, que ella misma me lo enseñará todo, que el casero no está, y que es posible que no vuelva en unos días, que no me preocupe por el dinero que él no se apura por cobrar, en realidad que no me preocupe por nada, que me acomode y me relaje mientras ella prepara un par de infusiones, a no ser que yo prefiera otra cosa, pero le he dicho que la infusión estará muy bien. Mi habitación también me gusta mucho.
El señor de blanco está fuera, me ha venido siguiento, aparece en todas partes. Ahora le preguntaré que hace siguiéndome. Viene con algo en las manos, una jeringuilla. Ella sonríe, muy agradable. Pero, Chavela, es que no piensas hacer nada? No solo no me ayuda si no que además me remanga la camisa.
Enfermera: Ahora descansará toda la tarde, son órdenes del doctor. Estos primeros días son solo para descansar, dejar atrás todo lo ocurrido. Aquí está seguro, a salvo, no dejaremos que le pase nada. En cuanto llegue el doctor, le atenderá.
Yo: Este sitio es muy bonito.
Allí estaba, por fin había llegado. Estaba plantado en medio de la estación, de puntillas mirando a un sitio y a otro, hasta que decidí acercarme a un banco, dejé las maletas en el suelo, me subí y oteé todo a mi alrededor durante un rato, nada, ni rastro.. no ha llegado todavía, pues, será cuestión de relajarse hasta que llegue, supongo que no se retrasará demasiado, debe de estar al llegar.
Me tumbé en el banco, coloqué las maletas bajo mis piernas y me quedé mirando al techo, primero inconscientemente, casi sin fijarme, pero a medida que iba pasando el tiempo me iba dando cuenta de que todo a mi alrededor dejó de importarme, ya no oía a nadie, para mí habían cesado las voces, el techo me pareció muy interesante, tenía cantidad de largueros de hierro que sujetaban el tejado de latón que era el techo de la estación. Esas tiras de hierro me recordaban a las estrías de mi tía Angulosa.
Mi tía Angulosa era enorme. De pequeño, me levantaba del suelo y me sentaba en su falda, parecía que me estaba sentando en el sofá más cómodo que hubiera podido imaginar mi cabecita de 7 años, era un gustazo estar allí, me hubiera pasado la vida entre sus carnes. Me sentía seguro, calentito, protegido entre sus enormes ubres. Pero luego le vino la fiebre de las recetas, remedios y dietas para adelgazar y ya dejó de ser esa "cosa" mullidita entre la que me hundía, se quedó en piel y huesos. Era pura estría, toda su piel eran arrugas o estrías. Pobrecita, que triste acabó, yo creo que ni ella ni nadie soportaron verla así y acabó muriendo de pena por no volver a ser la que era.
Uy, que golpe, que susto! ah! ya ha llegado mi amiga, se me había ido el santo al cielo completamente, por un momento no sabía donde estaba ni que hacía allí, ni quien era esa tia que me zarandeaba...
Besos, abrazos, más besos, palabras de bienvenida. Compartimos los bultos y venga, al tren subterráneo. Verás que en metro se llega rapidito a casa. Que bien y que extraño me siento, de nuevo aquí, años más tarde. Yo pensé que jamás volvería a este lugar, y mucho menos a pasar una buena temporada, buscar trabajo etc... en fin, a empezar de nuevo como hace... cuantos años hace? unos 10, 15, sí, por ahí debe de andar. Madre mía, cuanta gente entrando y saliendo, mi amiga me explica que estamos en una hora punta, que no me debe de extrañar, ya me iré habituando, no me quedará otro remedio.
Cuanto tiempo sin coger un metro, ya no me acordaba de lo gracioso que me resultaba ver las caras serias de los habitantes de esta lata de sardinas, van todos en su mundo, como abducidos, me miran de reojo, ellos no quieren que piense que les parezco un individiuo digno de atención. Pues yo les miro sin parar, es divertido observarles, actúan de diferente manera cuando se sienten observados, aquel señor de allí se está poniendo cada vez más nervioso, que curioso, tiene cierto parecido con el que iba en el tren. Mi amiga empieza a hablarme y ya dejo de mirar al señor de blanco para mirar a mi amiga, le cuento lo que estaba haciendo y nos reímos juntos un rato.
Ya hemos llegado.
Esto es increíble, hace un día precioso, soleado, que bonito, que recibimiento, esto no me lo esperaba, cuanta luz, incluso me molesta, tengo que mantener los ojos cerrados. Debo tener una cara de lo más estúpida; los ojos cerrados y una sonrisa enorme, ah, por fin! ya puedo abrirlos, ya se han habituado a la luz. Mi amiga y yo nos hemos dado la mano, estamos casi corriendo, está todo muy lindo, y la calle por donde vamos ahora mismo está llena de florecillas aquí y allá, sí, lo había olvidado, había olvidado lo bonito que era esto, sobre todo con uno de estos días que escasean tanto por aquí. Ojalá dure unos días más o incluso meses, pero ya eso es mucho pedir. De todas formas yo no vine aquí por el clima, yo he venido... bueno, aún no lo sé muy bien, pero definitivamente no ha sido por el clima. Bueno ya está bien, hay que aporvecharlo. Hay que aprovechar este día. No sé si mi amiga habrá planeado algo. Primero veré mi habitación, conoceré al casero, dejaré mis maletas y me iré por ahí, solo, si hace falta, a lo mejor ella tiene cosas que hacer, lo que no quiero es que se esté agobiando por mí, es lo último que desearía, no tiene que hecerse cargo de mí, yo me las sé apañar solo, además viví aquí antes que ella, sé como desenvolverme. Sí, eso es una de las primeras cosas que tengo que hablar con ella, yo le pediré ayuda solo cuando sea estrictamente necesario, el resto de las veces me las arreglaré solo, sí, eso es. Esta tarde mismo, tomándonos un té o un café, no, no debo tomar té ni café, no debo hacerlo... pues tomando... un vaso de agua le diré todo lo que estoy pensando ahora, para restarle obligaciones. Parece ser que ya hemos llegado a mi habitación.
La entrada de la casa me ha gustado mucho, siento que me va a gustar mucho vivir en este lugar. Se nota un ambiente fresco y cálido a la vez nada mas entrar, no sé como explicarlo, pero me siento cómodo, casi como en casa. Bien.
Dice Chavela, mi amiga, que ella misma me lo enseñará todo, que el casero no está, y que es posible que no vuelva en unos días, que no me preocupe por el dinero que él no se apura por cobrar, en realidad que no me preocupe por nada, que me acomode y me relaje mientras ella prepara un par de infusiones, a no ser que yo prefiera otra cosa, pero le he dicho que la infusión estará muy bien. Mi habitación también me gusta mucho.
El señor de blanco está fuera, me ha venido siguiento, aparece en todas partes. Ahora le preguntaré que hace siguiéndome. Viene con algo en las manos, una jeringuilla. Ella sonríe, muy agradable. Pero, Chavela, es que no piensas hacer nada? No solo no me ayuda si no que además me remanga la camisa.
Enfermera: Ahora descansará toda la tarde, son órdenes del doctor. Estos primeros días son solo para descansar, dejar atrás todo lo ocurrido. Aquí está seguro, a salvo, no dejaremos que le pase nada. En cuanto llegue el doctor, le atenderá.
Yo: Este sitio es muy bonito.
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